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25 de febrero de 2013

"¿La inteligencia nos hace más malvados?"


En el principio, cuando estás creciendo y lees cuentos e historias (que son el espejo, a esa edad, de lo que puede ser la realidad, más allá de dragones y princesas), hay dos tipos de “malvados”. En primer lugar, están los villanos llamémoslos “estúpidos”, que dan más risa que miedo. 
La inteligencia no es necesaria, queda claro
En contraposición, están los malvados sumamente inteligentes, capaces y, por supuesto, terroríficos. Estos villanos suelen ser ricos, poderosos, y tienen un maravilloso gato de pelo lustroso al que acariciar. 
Con esas características, a la mayoría de los niños este tipo de malvados o le aterran o le dan envidia. Una envidia que proviene de ese poder que parece dar la maldad, aunque luego el héroe, más con tesón y buen corazón que con inteligencia superior, consiga vencer al villano. Ése es el pequeño salvavidas que hace que, si los niños sólo se fijaran en los cuentos, acaben decantándose por la bondad de corazón en lugar de por el frío egoísmo.
Gatico bonito...
Sin embargo, esa idea del “malvado sumamente inteligente” nos persigue en la adolescencia e incluso en la adultez, aunque sea agazapada en el subconsciente. El bueno es dulce y tierno, amable y sonriente, pero no suele tener una inteligencia poderosa (por supuesto, estoy exagerando, hay excepciones para todos los casos, incluso en los cuentos mismo, como el personaje arquetípico del viejo rey bueno, bondadoso y de gran sabiduría). Además, vemos a los inteligentes y capaces triunfar y obtener muchas de sus metas, y en ocasiones la envidia humana hace pensar que esos logros –que nosotros en principio no hemos conseguido– son fruto de “juego sucio”.
Así, en ocasiones se acusa a la inteligencia de hacernos más malvados. Sin embargo, en mi opinión, la inteligencia no nos hace más malvados, sino que los actos de maldad son más “efectivos”, más acertados y suelen dar mayores frutos que los actos de maldad faltos de inteligencia. La inteligencia también da más oportunidades de ser malvado, pues se ven, con mayor facilidad, los fallos del sistema y los posibles beneficios que uno puede obtener con esas acciones “malvadas” o pícaras (término que muchos asocian a este tipo de inteligencia, quitándole un poco de pura maldad). La maldad de uno está dentro de su condición, crece dependiendo de su carácter y da igual si se es inteligente o no, la maldad está ahí, sólo que el inteligente tiene más posibilidades de actuar de forma vil y conseguir sus objetivos.
Pero, por eso mismo, la inteligencia nos hace más conscientes de nuestra maldad y, cuando “a pesar de nuestra inteligencia”, de nuestra capacidad de aprovechar a nuestro favor lo que nos viene al encuentro, pasando para ello por encima de los derechos de los demás, actuamos correctamente, somos bondadosos, esa bondad de actuación (que no de corazón) es más “real” que cuando simplemente ni siquiera se captan esas otras opciones. Es como un niño jugando en la playa. Es feliz, pero no es consciente de esa misma felicidad, mientras que el adulto, sabedor de todos los problemas que puede dar la vida y que seguramente tiene, es feliz. Es una felicidad más consciente, al igual que una bondad con inteligencia es una bondad más deliberada.
No quiere esto decir que la bondad, para ser “auténtica” necesite que se vea la otra opción, el camino “malo” por así decirlo. La bondad, haya inteligencia o no, es más original si ni siquiera se admite en nuestra mente la posibilidad de actuar a desmérito de otros.
Pero, lo que desde luego no es cierto es que la inteligencia nos haga más malvados. Ya lo somos.


24 de febrero de 2013

"Que gane el mejor"


Sobre la excepción cultural


La “excepción cultural” propiamente dicha viene del propio carácter de la cultura, en cuya definición –ya de por sí compleja- la encontramos reflejada, antes incluso que en medidas concretas relacionadas con las políticas culturales. Con las distintas etapas de estas políticas el concepto de cultura se ha ido ampliando, ha pasando de la “alta cultura” (pensemos en Florencia y París, por ejemplo) a que fueran considerados cultura cada vez más elementos, como manifestaciones populares, arte moderno, microculturas… Y verles su intrínseca dimensión social.  Además de ese proceso de ampliación del concepto de cultura, se ha “descosificado” ésta, dándole importancia al artista y al proceso cultural. Precisamente a esa “descosificación”, que comenzó en los años 80, podemos entender que la cultura es un sector que tiene “algo excepcional”, pues se aleja de ser, simplemente, un producto.

 Sobre la excepción cultural no hay duda, nadie podría comparar los productos culturales con, por ejemplo, ambientadores. Los productos culturales tienen una dimensión más allá de la física que no tienen los demás. Es decir, un libro es algo más que una sucesión de hojas de papel con manchas de tinta envueltas en dos tapas de cartón. Además de eso, un libro representa una meta-dimensión, y eso pocas personas podrían refutarlo.

Además, en numerosas cumbres a lo largo de la historia se ha asociado la cultura con el estado del Bienestar y con el Desarrollo de un país, lo cual reafirma que la cultura tiene un margen excepcional que la diferencia de otros productos. Por ejemplo, en la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales (MONDIACULT, 1982) se estableció que “Sólo puede asegurarse un desarrollo equilibrado mediante la integración de los factores culturales en las estrategias para alcanzarlo”. Es decir, el desarrollo no es sólo económico (como dijo Kenneth Ewarth Boulding, “Cualquiera que crea que un crecimiento exponencial puede continuar para siempre en un mundo finito o es un loco o es un economista”) sino que necesita imperativamente una dimensión y desarrollo cultural.

Pero, el problema viene cuando la excepción cultural significa también excepcionales medidas económicas. Como menciona el artículo La excepción cultural hace aguas en Francia, del ABC, en el campo administrativo y económico no existe, al menos legislada y compartida, una excepción cultural, ni en Europa, ni en EEUU ni Japón. Excepto en el cine. Sin embargo, aunque no esté propiamente legislada, sí que cada estado tiene medidas que apoyan, de un modo u otro, “su concepción administrativa de la cultura”, que se traduce en diversas medidas (subvenciones, aranceles a productos extranjeros, precios fijos, cuotas de emisión…) que afectan a la economía. La economía nos duele a todos, y es ahí cuando aparecen discrepancias en los distintos modelos.

El primero, el proteccionista, tiene a su mayor exponente en el Estado francés. El Estado impone medidas que ayudan a la creación nacional cultural, impulsando unas políticas quizá proteccionistas con la cultura. Es en este modelo donde impera la “excepción cultural” en materia económica. La cultura es un ámbito especial que necesita cierta protección frente a los “monstruos” del capitalismo salvaje o EEUU, por ejemplo. En el otro lado, está el modelo liberal del tío Sam. En este modelo (a muy grandes rasgos), el Estado interviene de manera muy ligera en la promoción y financiación de la cultura, dejando estas responsabilidades a donantes privados, apoyándoles a éstos con desgravaciones fiscales, por ejemplo.

23 de febrero de 2013

Las distintas estrategias divulgativas de la ciencia en televisión


Dos extremos: Redes y El Hormiguero

Viendo, por un lado, el programa insignia de Eduard Punset, Redes, y por el otro, el entretenimiento clave de las noches de Cuatro (ahora en Antena3), ElHormiguero, uno dudaría que se trataran, en esencia, de una misma cosa. Pero, por muy increíble que parezca, tanto Redes y el personaje de Flipy en El Hormiguero se dedican a lo mismo: La divulgación de la ciencia.

Sin embargo, el formato, el estilo, las formas e incluso la intención, son radicalmente distintas. En el caso de Redes, el programa deja a un lado el "entretenimiento salvaje" del que a veces aduce la televisión, en favor de un trabajo riguroso. En redes, cada minuto es divulgación o explicación de la Ciencia. En cambio, en El Hormiguero, la divulgación científica se haya subordinada a ese entretenimiento feroz del que ya he hablado. Primero el público, las risas, los chistes, la espectacularidad... y luego, la Ciencia. En el caso del Hormiguero, la Ciencia es una excusa, mientras que en Redes, la Ciencia es la materia prima, la base.

Como divulgadores, por tanto, cada uno de los programas sigue un camino distinto, con sus pros y sus contras.
Redes utiliza principalmente el método de la entrevista, con el imprescindible Punset. Este formato no potencia el interés-distraído de la inmensa mayoría del público televisivo. Por tanto, Redes está más bien dedicado a personas ya interesadas en la Ciencia pero que no son científicos. Gente que, a pesar de estar alejada del mundo de los profesionales de la Ciencia, quiere conocerlo, al menos en lo básico y práctico, lo aplicable a su entorno. Los problema entonces son que, aunque divulgue, no "llama la atención" de nuevas vocaciones, y que está muy lejos del alcance de, por ejemplo, los niños. Otro aspecto negativo, en mi opinión, es la escasa "telegenia" que tiene el programa. Con pequeñas modificaciones, podrías ser perfectamente radiofónico. Es decir, no se ha amoldado completamente al medio en el que se mueve. Más bien, se ha amoldado a su divulgador, Punset.

En el otro lado del espectro tenemos a Flipy en El Hormiguero. Obviamente, el carácter humorístico y el prime time del Hormiguero le dan muchos puntos a esta "divulgación de la Ciencia" que realiza Flipy. Llega a mucha más gente, incluidos niños. Sin embargo, como ya he mencionado, cae en el simple entretenimiento. Hace a la ciencia divertidísima, lo cual puede despertar, en los pequeños de la casa, la curiosidad científica. Sin embargo, como decía Neil Postman en su libro Divertirse hasta morir, si los niños se acostumbran a que siempre el aprendizaje sea divertido, nunca desarrollarán capacidades de concentración ni de esfuerzo. La ciencia tiene su parte divertida, pero también su enorme carga de trabajo. Si las infantiles vocaciones científicas están fundamentadas en algo más que la simple diversión, como en el intento de conocer los "porqués" de lo que los rodea, encontrarán divertimiento y pasión incluso en las partes más áridas del trabajo científico, cosa que no creo que pasara con los que creen que hay que "divertirse hasta morir". 

Es por eso que, aunque llegue a mucha más gente de la que Redes llegará nunca, no creo que sea una buena divulgación científica. Hay otros motivos además de los ya mencionados. Por ejemplo, aunque Flipy haga un experimento, no lo explica. Y eso, para la correcta divulgación científica, es clave. Quiero decir, la explicación de por qué sucede una cosa es lo que diferencia a la Ciencia de la magia. Por tanto, aunque muchos televidentes vean que si haces combustionar, por ejemplo, oxígeno puro éste puede atravesar una lata de atún, ninguno sabrá por qué. Además, en ocasiones, en El Hormiguero ni siquiera se logran los experimentos, lo cual puede provocar una imagen equivocada de la Ciencia. Ya no sería una ley que, al cumplirse siempre, nos permite la deducción de lo que va a suceder, sino más bien como algo que "puede que ocurra... o no". Así, la Ciencia pierde todo su carácter de certeza. Y luego, por supuesto, está el mismo Flipy. Dejando a un lado el estereotipo que representa de científico loco, es, también, sometido a las burlas de las hormigas o de Pablo Motos, una vez más, en aras de ese entretenimiento que es el fin último del programa.




27 de noviembre de 2012

Tengo miedo


Una mujer, una madre saharaui, en Territorio Ocupado

De lo que podría pensar, un día cualquiera,
una mujer saharaui cualquiera, en Territorio ocupado.

Tengo miedo.
Mi hijo quiere entrar en el ejército de liberación, me dice que por qué no lucho, que si me he pasado al otro bando, que si el miedo me ha comido las entrañas y robado el seso. Bueno, apenas lo dice, pero sus ojos rebeldes me lo gritan. Él quiere luchar, quiere la libertad, "morir en la arena", si es necesario.
Y sí, tiene razón, tengo miedo, pero lo que él no sabe, o no se acuerda, es que hasta hace poco yo era activista también, en silencio, pues en los territorios ocupados no se nos permite hablar de eso, pero activista. Una activista pacífica, que soñaba con la diplomacia de los grandes, mientras yo aquí iba juntando poco a poco amigas, conocidas, y nos íbamos uniendo, y tratábamos de ayudar a los que tenían menos suerte que nosotras y eran descubiertos “en su rebelión” por las autoridades marroquíes. No llevo la cuenta de los niños (pues así me parecían, tan jóvenes) que tuve que vendar con remiendos de trapos hervidos, que tuve que acunar en mi regazo mientras ellos trataban de contener las lágrimas de dolor, pues un luchador por la libertad no debería llorar.
Así varios años, y las cosas no cambiaban. Y yo me casé, y quedé embarazada de mi pequeño, ahora tan rebelde. Y mis amigas, también. Desgraciadas, con un hijo y un marido los marroquíes tienen más poder sobre ti. Nos prendieron, a una compañera y a mí, por sedición y levantamiento contra el régimen establecido. La cárcel fue nuestra casa durante los dos días que nos mantuvieron retenidas, infligiéndonos toda clase de torturas. No quiero hablar, no quiero recordar. Los golpes no eran lo que más dolía. Yo no soy la más fuerte, y a mí me doblegaron. ¿Qué iba a hacer, si amenazaban a mi bebé, que estaba en casa con su padre? Me gritaban que lo iban a matar, que si seguía siendo una rebelde, sería mi hijo el que lo pagara. Me llamaban traidora, una traidora a Marruecos, país que liberó a mi pueblo de los españoles. Que tal vez un día camino de la escuela, mi niño no volviera nunca más. Y lloré, y sí, hijo mío, el miedo me comió las entrañas, el miedo por ti.
Tengo miedo, hoy que has vuelto a casa, ya todo un hombre, con puñetazos en la cara y las costillas. Me dices que no es nada, que una pelea con un amigo, sin importancia, que si el fútbol, que si una chica. Pero yo no te creo. No se puede decir nada a la policía, ¿qué si ha sido ella misma? Ah, dolor, el que yo salga de la rebelión no ha impedido que mi hijo entre. Y quiere sangre, quiere luchar con lo que tiene, está cansado de esperar. Si por él fuera, entraríamos ya en una guerra con Rabat.
"La diplomacia a muerto", me gritan sus ojos negros. Sueña con un Sáhara libre, sin marroquíes con más derechos que nosotros, un Sáhara sin miedo, un Sáhara independiente que fabrique su propio destino. Me dice: “Somos bombas a punto de explotar, pero no nos dejan, porque todavía están (y estás; me mira) con la bandera blanca en la mano. Pero esa mano se cansa, ¿sabes? Estoy cansado, estamos todos cansados. ¿Hasta cuándo vamos a esperar? Es mejor morir por una causa, que esperar”.
Tengo miedo, y me pregunto si huir o no a los territorios liberados. ¿Deberíamos abandonarlo todo y escapar? ¿Conseguiríamos siquiera cruzar el muro de la vergüenza? ¿Y vivir en un campamento? ¿Dejar la casa por una jaima, en medio del desierto más pedregoso e inhóspito? ¿Depender de ayuda internacional para poder siquiera comer; una ayuda internacional cada vez más escasa? Pero, aquí la situación es cada vez peor. Mi hijo, los hijos de todas.
Y nadie hace nada.

13 de febrero de 2012

“Dadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”

¡Qué pronto se olvidó la Iglesia de esta máxima pronunciada por el propio Jesucristo! Olvidó (o quiso olvidar) separar los temas mundanos, los temas terrenales, de los temas espirituales o caritativos. Mezcló, en las funciones que consideraba suyas, los cuerpos, las almas y las mentes de sus feligreses (y de los que no lo son). 
Entiendo que, en los comienzos de la Iglesia, esa necesidad de “poder” fuera no sólo necesaria, sino vital. Pasar de ser perseguida a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano daba una seguridad al culto que hasta entonces no había tenido. Eso fue positivo, no lo vamos a negar, pero fue entonces, ya desde los principios, cuando Iglesia se empezó a meter en política. Y serán pocos los que no coincidan conmigo en pensar que la política corrompe. ¿Se corrompió la Iglesia con ese poder que alcanzó? No me voy a meter en ello, pues no conozco los suficientes datos como para condenar o perdonar a la Iglesia corrompida. Lo que sí es cierto es que, desde entonces, Iglesia y política han estado ligadas, de manera más o menos obvia. Hemos pasado de uniones claras y evidentes a la nueva interrelación Iglesia-Estado, más sutil pero no por ello menos verdadera.

En mi opinión, se debería hacer más caso a la frase que titula este artículo. “Dadle al César lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios”. Iglesia y política deberían ser cosas completamente autónomas, pues mezclar la una con la otra pervierte e impide el buen ejercicio de ambas. La Iglesia (u otras actitudes religiosas) impide la correcta acción de la política, pues coarta muchas opiniones o acciones políticas. Pongamos como ejemplo a Alfonso Alonso, portavoz del PP en el Congreso, que está a favor de los matrimonios homosexuales pero, al ser el partido que representa inminentemente católico, debe apoyar la inconstitucionalidad de llamar “matrimonio” a la unión de dos personas del mismo sexo. Y no es el único. En el otro lado, la política degenera la acción que debería tener la Iglesia, la hace inmiscuirse en asuntos del César; pidiendo la aplicación de ciertas normas que considera importantes para la educación moral de los pertenecientes a su culto y olvidando que la política está al servicio (o debería estar) al servicio de todos los ciudadanos, entre los que hay cristianos, ateos, musulmanes, agnósticos, judíos, deístas… en definitiva, un enorme espectro de creencias, incluyendo gente que ni siquiera le da importancia a la religión.

En la actualidad, encontramos fácilmente esa unión Iglesia-política. La vivimos día a día en forma de ideas preconcebidas, pero que tienen una base real. ¿Cuántos creyentes devotos votarían a Izquierda Unida? Serán pocos, pues los partidos de Izquierdas en general tratan de posicionarse en contra de la Iglesia. ¿Por qué? Si la Iglesia no tuviera nada que ver con la política, si los partidos de izquierdas dejaran de atacarla simplemente por el hecho de ser la Iglesia, o si se dejaran de apartar nuevas ideas políticas porque parece que vienen de un sector católico… Eso sí sería verdadera política, una política pensando en el ciudadano, y no una política pensando en –simplemente– atacar a la Iglesia. Además, utilizando un argumento un poco falaz, las ideas traídas por el cristianismo, unas ideas de ayudar al prójimo, ideas de igualdad, compartir los recursos… son unos aspectos que podrían tildarse de “socialistas”, ¿no? Es cierto que esto es matizable, (no se me echen al cuello), pero la idea que quiero mostrar es que resulta casi “paradójico” que un católico vote a Izquierda Unida, no por las políticas de ésta, sino por, en definitiva, la institución que es la Iglesia.

En el otro “bando”, igual. En España se da por hecho que los políticos del PP son católicos, cuando ya se está demostrando que no tiene por qué ser así. Pero, los que no lo son, son tratados como algo extraño. E incluso a la Iglesia le molesta (que cierta política sea madre soltera, por ejemplo), le molesta cuando no debería hacerlo. ¿Es acaso la Iglesia la que gobierna el Partido Popular? ¿Es la Iglesia el ente que le da unión al PP? ¿Una persona atea pero que crea que determinadas políticas económicas son mejores que las de otros partidos, está de más en el Partido Popular? Esta indefinición entre la política y la Iglesia no ha dependido sólo de esta última, por supuesto. Desde el principio, al convocarse elecciones, el PP cuenta con los votos de la inmensa mayoría de los católicos practicantes. Muchos de ellos no votan porque comulguen con sus ideas económicas o políticas (las cuales, de todos modos, son cada vez más desdibujadas ideológicamente), votan por que son católicos y “saben” que el PP “respetará a la Iglesia”. ¿Respetar a la Iglesia? Ni siquiera deberíamos pensar que otro partido no iba a hacerlo. Si la Iglesia fuera un ente separado de manera total del Estado o el Gobierno, esta no se daría. La Iglesia se dedicaría a la noble tarea de salvar las almas de los que creen en ella, en lugar de “meter baza” en otros asuntos. Ya se indignó Jesucristo al ver a los cambistas en el Templo de Jerusalén, el templo de su Padre. “¡Estáis pervirtiendo la casa del señor usándola como mercado!”. ¿Qué pensaría Jesús sobre en lo que se ha convertido la Iglesia? Que los obispos escriban pastorales a sus fieles, pero que no impongan ni presionen a los partidos. Que los no creyentes dejen de leer esas pastorales (después de todo, no van dirigidas a ellos) y que dejen de indignarse ante lo que dicen o dejan de decir. Separemos, por favor.


10 de octubre de 2011

Votar a un partido minoritario SÍ tiene sentido


“Yo votaré a un pequeño partido”. 
Cuando alguien decía esto, muchos lo miraban con compasión, señalándole que “ese voto no servirá para nada”. Y, en cierta manera, es cierto. Nuestro sistema electoral favorece a los partidos mayoritarios, PP/PSOE, y abandona a los pequeños a su suerte. Por ello, son muchos los que prefieren votar a un partido con el que no comulgan, con tal de que “no ganen” los otros. Son incontables las veces que he oído: “Yo no votaría al PP, pero es que no quiero a Zapatero en el gobierno, por lo que no me queda otra”, y viceversa. Es deprimente esa idea. 

¿Dónde quedó el votar a un partido por su ideología política, por su programa? Votando sólo a los dos partidos mayoritarios, la política se estanca, no evoluciona. Tienen el poder, y se acomodan en él, sin miedo a nuevas ideas que vengan de jóvenes partidos, porque; “apenas conseguirán representación”. No debería ser así el juego político. Los partidos deberían estar en perpetua búsqueda de lo que los ciudadanos necesitan y quieren, en lugar de acomodarse en los votantes que ya tienen.

“Pero, así son las cosas”, dicen muchos. Sin embargo, mientras no cambiemos el sistema electoral que tenemos, hemos de hacer lo que esté en nuestra mano para lograr que ese deseo de cambio se note. Debemos recuperar la verdadera política, debemos interesarnos por ella. No basta con ir a las manifestaciones del 15M, no basta con simplemente quejarse sin ton ni son. Hay que actuar. Y una buena forma de hacerlo, de convertirse en un ciudadano consciente, es tomando parte del juego político. Leer los programas es algo que pocos hacen, y sin embargo es lo que nos haría tomar una decisión razonada sobre quién queremos que nos gobierne, nos represente. Encontrar el partido que mejor defienda lo que pensamos, para luego, en el 20N, votarlo. Sí, votarlo, aunque sea un partido (de momento) minoritario. Por algo se debe empezar, podría decirse. Si nunca damos el primer paso, nunca conseguiremos nada.

No soy tan optimista como para pensar que en estas elecciones se conseguirá algo especialmente significativo, como que PPSOE no obtenga la amplia mayoría de los escaños, pero sí podemos dar un gran paso, y en las siguientes, tal vez, no gobernarán ni PP ni PSOE, sino un partido más cercano a los ciudadanos actuales.


28 de septiembre de 2011

Por qué estudio periodismo

¿Por qué estudio periodismo? Sería mejor preguntarse ¿cómo no estudiar periodismo?

¿Cómo no estudiar periodismo, si creciste entre páginas de cómics de “Tintín” para luego enamorarte de otros libros como el “Círculo del crepúsculo”, cuyo infatigable protagonista se dibujaba como un héroe en tu mente, mientras escribía artículo tras otro, entrevista tras otra?

¿Cómo no estudiar periodismo, si tus padres intentaron disuadirte de que lo hicieras, si quisieron prohibírtelo, si pretendieron asustarte con la promesa de que nunca encontrarías trabajo, convirtiéndose entonces la carrera de periodismo no sólo en un sueño, sino también en un desafío para demostrar tu valía?

¿Cómo no estudiar periodismo, si tus amigos se decantaron por Ingeniería y menospreciaron una y otra vez las letras, tachándolas de inútiles, pero los batiste con esas mismas letras que desechaban, demostrándoles su poder?

¿Cómo no estudiar periodismo si eres consciente de que en tus ojos está la búsqueda de justicia, en tus labios la opción de hacer lo correcto y en tus manos el cuchillo más peligroso?

¿Cómo no estudiar periodismo si las palabras fluyen solas en el papel, creando imágenes y dibujando momentos, estructurando noticias y adornando hechos? ¿Cómo no hacerlo, si crees en la belleza del idioma español, si te gusta jugar con él y demostrar cuán lejos puede llegar? ¿Cómo no hacerlo si nunca creíste en la frase “una imagen vale más que mil palabras”?

¿Cómo no estudiar  periodismo si las preguntas se amontonan en tu cabeza y no te contentas con cualquier respuesta, si ves la duda y vas a por ella, si no confías en el camino fácil? ¿Cómo no hacerlo si viste la alternativa, viste una vida cómoda y pudiente, pero no pudiste imaginarte sin ese periodismo que soñabas?

¿Cómo no estudiar periodismo si quieres dar a conocer esa información a las personas, si crees que es un deber y un derecho estar enterado de lo que ocurre en el mundo, ya sea a la vuelta de la esquina o tres mil kilómetros más allá?

¿Cómo no estudiar periodismo si sabes que con tu teclado puedes dar conocimiento al que no sabe, mostrar otro mundo al que no puede viajar, revolucionar un país o denunciar a los corruptos?

¿Cómo no estudiar periodismo si te indignas con la imagen que algunos medios dan de la profesión, pero defiendes a capa y espada su pureza, conociendo la importancia que tiene en la sociedad y la responsabilidad que se nos ha otorgado?

¿Cómo no estudiar periodismo, si el mundo son las personas que lo conforman, viven y se comunican en él? Periodismo es comunicación, la comunicación es parte de ser personas, las personas hacen el mundo, y no hay nada mejor que ser parte activa él.

La naturaleza escribió un libro increíble, pero era un manual. Es cosa de personas escribir nuestra novela. Imperfecta, como somos nosotros, pero cada vez más hermosa.

Parecerá utópico, y tal vez lo sea. ¿Pero, qué es “utopía”? Es una meta que te hace crecer y avanzar en la existencia.